Es arduo permanecer erguido, obstinado en tu fortín, pero mucho peor es tomar iniciativas que lastimen tu amor propio.
     Es una paradoja, lo sé, pero resulta mucho más ventajoso no dejarse llevar; renunciar a las sonrisas y renunciar a las perspectivas halagüeñas para dedicarte a tropezar con los demás y tropezar contigo, a confeccionar todo tipo de nuevas zozobras, combustible inagotable de lo que hacemos. ¿Por qué? Pues porque sólo es útil la energía derrochada sin objeto, porque la vida tiene que ser algo difícil, necesita serlo para ser algo más que una vida, una vida más entre tantas otras vidas.
     Confiésalo: tienes miedo de abrazar la indiferencia, te sientes casi ufano de tener una misión. Tu vida es el esfuerzo por convencerte de ello y el deseo de convencer a los demás. Tus afanes por cumplir con ella una pretenciosa nada que a duras penas sobrevive, y eso es lo mejor que puedes decir. Tanta obstinación te permite por lo menos ser el dueño de tus culpas, adornar algo que mientras tanto permanece intacto dentro de ti, luz que ilumina tus intenciones.






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