Desafiar a la torpeza, renunciar a las habilidades y asumir alegremente la rutina de la dificultad mientras se demora la satisfacción de los anhelos, círculo concéntrico que muere antes de alcanzar la orilla.
     Una belleza fácil y despreocupada es sospechosa como sólo puede serlo lo falso, porque no hay nada más vergonzoso que lo nacido sin esfuerzo, lo demasiado pulcro, lo delicado de nacimiento. Por eso nosotros todo lo hacemos al revés, esforzadamente pero con máscara de sin querer. Por eso nuestro trabajo tiene mucho de buscar pero más todavía de sencillamente hacer, porque para la hermosura el dibujo sólo es un pretexto, una suma de evasivas que la ofenden con lo prosaico de su condición. Nosotros alcanzamos a veces algún relámpago de trabajada belleza entre otras cosas porque hemos interiorizado determinados arquetipos o modelos de actuación que nos esforzamos por respetar, como una necesidad: lo más parecido a un destino que conocemos.
     La belleza siempre pierde; a menudo nada más que un par de líneas muertas porque la belleza ocurre, nunca es: no sobrevive apenas en forma de consecuencia o de rostro congelado, hermosura debida a huesos, a una disposición particular de la carne, la ropa o el color, sino que se posa un instante y enseguida vuela. La verdadera belleza no pertenece a nada, tiene más que ver con la paciencia que con azares o decisiones conscientes. De repente sucede y de repente se desvanece sin despedirse. Desaparece y te deja manipulando cáscaras porque en la vida lo que por ella responde permanece inerte, a la espera como un folio en blanco, continente que necesita un contenido para existir.
     Al final esta rutina de deseos sin concretar, esta fea carga de revelaciones no encontradas o simplemente demasiado fugaces, nos lleva a pensar que nuestro anhelo es un lastre sin el cual podríamos apañarnos estupendamente, pero no es cierto porque la vida sin belleza es un sucedáneo, mero discurrir alrededor de muchas ganas y muy pocos objetivos.




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