|
La indiferencia nos
va redondeando, nadie consigue que le duren demasiado las aristas.
De repente nuestra figura se confunde con el paisaje y cualquier
tentativa para destacar parece fruto de un esfuerzo consciente
porque lo cierto es que somos cada día menos nosotros. La única
forma de mantener filos cortantes es golpearse con voluntades tan
tozudas como las nuestras. No existen.
A mí
nadie me ha enseñado a ser igual que todos, lo estoy consiguiendo
solo. Se trata de una fatalidad con la que de una u otra forma todos
cumplimos ciegamente, qué remedio: primero luchamos por ser nosotros
mismos y luego por aceptar que nos parecemos cada día más a los
demás. Afortunado quien a pesar de todo consiga mantener hasta el
final alguna auténtica seña de identidad, algo genuino, no del todo
prestado por el mundo. |