La indiferencia nos va redondeando, nadie consigue que le duren demasiado las aristas. De repente nuestra figura se confunde con el paisaje y cualquier tentativa para destacar parece fruto de un esfuerzo consciente porque lo cierto es que somos cada día menos nosotros. La única forma de mantener filos cortantes es golpearse con voluntades tan tozudas como las nuestras. No existen.
     A mí nadie me ha enseñado a ser igual que todos, lo estoy consiguiendo solo. Se trata de una fatalidad con la que de una u otra forma todos cumplimos ciegamente, qué remedio: primero luchamos por ser nosotros mismos y luego por aceptar que nos parecemos cada día más a los demás. Afortunado quien a pesar de todo consiga mantener hasta el final alguna auténtica seña de identidad, algo genuino, no del todo prestado por el mundo.






< 12 >

índice