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Las voluntades más
poderosas también se ahogan en mar abierto; nosotros nos conformamos
con sobrevivir en nuestras minúsculas bañeras, no aspiramos a más o
eso decimos. Lo cierto es que a nuestras espaldas se va depositando
la desazón, cociente de tantas ilusiones fracasadas, de tantos
sueños desesperados e inconfesables.
Las mejores intenciones se pierden y mueren en trabajos
domésticos. Todo el mundo sabe que la soledad de los deseos es
ociosa y melancólica, una paciencia desesperada que nos deja de
nuevo tristes y perplejos.
Abisales quienes viven en el fondo de sus agujeros y se
comportan como completos desconocidos. Sus fracasadas tentativas
cubren de polvo el fondo marino cegando a todo aquél que se atreva a
removerlas. |