Debo deciros que la mayoría de las veces la perfección es algo tonto, que la verdadera belleza no tiene valor de cambio; indiscriminada, ofrece siempre más de lo que recibe; ¿para qué nos serviría si la pudiésemos?
     En verdad os digo que la belleza es un insulto, ridículo privilegio que defrauda a quien lo posee y envilece a quien lo desea. Raramente el hombre la adora. Apetece como adorno, prestigioso objeto de uso, o para saquearla vengativo. Y es que lo bello de verdad sorprende tanto que enseguida es escarnecido, como si nos hubiese robado algo. Violada por la mezquindad, la raquítica belleza que nosotros podemos no acaba nunca de obtener la recompensa prometida; asustada permanece bajo su concha.






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