No hay certeza, sólo hay sensación. Tímpano, retina, lengua, nariz o piel, razonamientos que no dan tanto de sí. Demasiado ruido para tan poco mensaje, dificultades eternas, pronunciada pendiente de vivir al revés: yo me rindo, me niego a interpretar.
     Va pasando el tiempo, confiado caes en el error de pensar que tus deseos responden a necesidades concretas y te rindes a la debilidad de tener que hacer, de buscar respuestas, soluciones a tu alcance. Pero los deseos son deseos nada más: vuelta a empezar. Alarma frenética. Estás condenado, pero eso no es lo peor. Lo peor es que te sientes seguro de poder arreglarlo todo y luchas por abrir ojos y oídos. Te esfuerzas en descifrar, registrar, explicar, y luchando te hundes en las movedizas arenas de lo peor.






< 43 >

índice