|
No hay certeza, sólo hay sensación. Tímpano, retina, lengua, nariz o
piel, razonamientos que no dan tanto de sí. Demasiado ruido para tan
poco mensaje, dificultades eternas, pronunciada pendiente de vivir
al revés: yo me rindo, me niego a interpretar.
Va pasando el tiempo, confiado caes en el error de pensar que
tus deseos responden a necesidades concretas y te rindes a la
debilidad de tener que hacer, de buscar respuestas, soluciones a tu
alcance. Pero los deseos son deseos nada más: vuelta a empezar.
Alarma frenética. Estás condenado, pero eso no es lo peor. Lo peor
es que te sientes seguro de poder arreglarlo todo y luchas por abrir
ojos y oídos. Te esfuerzas en descifrar, registrar, explicar, y
luchando te hundes en las movedizas arenas de lo peor. |