Yo siempre estoy, adonde vaya me siguen las líneas. Tienen prohibido dar plenitudes, consolidarse o decir por fin. No contienen sucesos, desvanecen las anécdotas: un pozo abierto en el suelo de las cosas, algo que no acaba de afirmarse o que si lo hace es la rutina
     sordo a todo, ciego a casi todo
     de unos errores que se desencadenan sin escrúpulos porque dibujar no los conoce, porque no le tiene miedo a golpear o ser golpeado.
     Todos los dibujos están solos, no importa que los repitas millones de veces. Se dirigen a un espectador que ni siquiera persiguen; no lo son todo sin él pero no lo pretenden. Son sin más y por eso necesarios, como las piedras, los animales o las personas.
     Vida que deja de serlo encerrada en un papel, peladuras incapaces de recomponer algo que sólo existe en el sueño de su necesidad. No importa lo mucho que grites, lo mucho que la repitas, una línea es incapaz de encerrar una idea, de ceñir un contorno sin hacerle daño. De hecho las figuras se defienden como pueden del oscilar de sus orillas y por eso son así, escapando de unos borrones en los que continuamente vuelven a caer.






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