Todos nuestros dibujos están en ciernes; sus líneas cada vez más desanimadas no conocen final pero quieren creer que nada se resiste a la perseverancia, que nadie conoce el paso que se disponen a dar. Sí, eso es, pero los años pasan y los dibujos siguen aquí, condenados a la comezón de por nuestra culpa. Lo cierto es que no tenemos otro remedio que despacharlos a la luz del desaliento, de las inútiles paciencias que nuestras voluntades pueden alcanzar.
     El inacabamiento lo puede todo y la impotencia se enseñorea de lo que hacemos: urge llorar, creer en las virtudes balsámicas de los suspiros, único recurso al alcance de nuestra filosófica resignación.






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