Dibujar es algo decepcionante, un deseo que nunca se satisface del todo porque la vida y la figuración son tan diferentes que resulta imposible encajar una dentro de la otra. La confesión se transforma para adaptarse a la línea y la línea se ama más a sí misma que a lo que dice. Inevitablemente las mejores intenciones mueren adulteradas por el trabajo y se resuelven en mentiras: fracaso de la expresión.






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