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Emprender cada dibujo con la ilusión de verlo poco a poco
convertirse en héroe de la comunicación. Algo que por supuesto nunca
ocurre, muy al contrario: agonizante lo abandonas y te quedas peor
aún; efectos secundarios de las ilusiones estúpidas, delirios cuyo
reiterado fracaso te arroja a un mundo que gracias a ellos parece
todavía peor que antes. Es una paradoja, lo sé, pero renovar esa
ilusión es lo único que puede ayudarte a soportar la inutilidad de
tus esfuerzos, a desahogar un poco las limitaciones de tu condición.
Cada dibujo es desesperación, incapacidad más allá de las lágrimas;
un desvelo que te permite vivir con las manos vacías, comenzar y
recomenzar, ignorante de un final que ni siquiera acaricias, confuso
como estás entre miles y cientos de miles de posibilidades e
imposibilidades. |