Mis dibujos huyen de lo tenue, lo tienen muy claro y aprietan los dientes para decir lo que nadie les ha pedido que digan. Los reconocerás porque ponen todos los medios a su alcance para conseguirlo; no renunciarán a ello, por poco que puedan.
     El problema de dibujar pequeño y hacerlo así es que se corre el riesgo de que tanta vehemencia desborde y acabe sonando a esfuerzo fallido.
     Nos han enseñado que hay argumentos que sólo pueden decirse a voces y no es verdad: pueden murmurarse o puedo callarlos para siempre atrapados en el hueco de las manos; eso no significa decirlos menos o hacerlo peor.
     Sabemos muy bien que es posible dibujar cosas por el mero deseo de enseñarlas, dibujos que se dejen mirar sin reparos, nacidos con la sonrisa de quienes tienen todo el derecho a estar aquí. Dibujos de los que yo no soy capaz, no sé porqué.
     Me pregunto si es cierto que todo en este mundo quiere crecer, quiere llegar al punto donde todo parece fácil o gratuito; si es verdad que la desenvoltura mejora las cosas, pero las mejora cómo. Me pregunto también si el esfuerzo debe apreciarse o pasar desapercibido, si busco maravillar o conmover. ¿El ideal? Conseguir un dibujo perfecto que a pesar de todo me reproche haber nacido.





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