Dibujando nutrimos nuestros días, cultivamos la misión que nuestras vidas necesitan para serlo. Dibujando con el afán con que anota el diarista, como el pan nuestro de cada día, dibujos que sin querer suceden y se persiguen, cosas que ni siquiera se piensan pero que tenemos la obligación de concretar de alguna extraña manera
     ¿cómo hemos contraído esa obligación?
     Intentar atraparlas antes de que se desvanezcan y sin haber llegado a existir del todo dejen de hacerlo, sustituidas por otras. Pero se pudren porque se extrañan y todo lo que no es recibido se malemplea, se extingue lentamente se apaga su palpitar en el fondo de los cuadernos.
     Dibujando con el afán que da la certeza de que los días pasan y hay algo que no debe escaparse, con una prisa que no es liberadora sino necesaria para darle cuerpo a todo. Pequeñas anotaciones que tomamos porque sí, sin pensar en nada más; decisiones que realzan los días en cuyo territorio tuvo lugar ese gesto único y ojalá definitivo. Llenar nuestra vida con dibujos para tener ganas de vivir cada minuto a ver qué pasa, porque sólo ellos son capaces de prestarle el sentido que le falta. Los días crecen y rectifican los motivos de manera inesperada, los enredan en la rutina de las líneas, de lo que no tiene más remedio que ser; gracias a ellos cada día eres el dueño de algo nuevo aunque sea tonto, aunque sea inútil.
     Dibujo y dibujando miro entristecerse y naufragar a los dibujos como si nunca hubiesen existido, como si tuviesen una única oportunidad de ser y yo no quiero que la pierdan, por eso sigo, porque cada dibujo se alza sobre el anterior y sólo un postrero esfuerzo tiene de verdad alguna esperanza de sobrevivir y procurar a los anteriores el sentido que merecen.




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